
Semana 1 de Enero
Por @yohaliresendiz
No nos engañemos: no se trata de democracia, se trata de poder.
La amenaza de Estados Unidos de capturar o derrocar a Nicolás Maduro no es una cruzada moral como la quiere vender, el Presidente de los Estados Unidos Donald Trump.
Lo ocurrido en Venezuela es la resurrección explícita de la Doctrina Monroe, la idea colonial que América Latina creyó enterrada y que hoy vuelve con lenguaje judicial, sanciones selectivas y olor a petróleo.
Claro que, el régimen venezolano es indefendible pues desde 2014, ha utilizado detenciones arbitrarias como herramienta de control político: más de 15 mil personas encarceladas por motivos políticos, muchas de ellas sin cargos formales ni debido proceso.
La Misión Internacional Independiente de la ONU ha documentado que fuerzas de seguridad del Estado recurrieron de forma sistemática a torturas, incluyendo golpizas, asfixia, descargas eléctricas y violencia sexual contra personas detenidas.
La misma misión concluyó que existen fundamentos razonables para afirmar la comisión de crímenes de lesa humanidad, entre ellos ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y persecución política, con responsabilidad en los más altos niveles del poder. Durante protestas sociales, cientos de manifestantes fueron asesinados o gravemente heridos por cuerpos de seguridad y grupos armados progubernamentales. En el plano social y económico, Venezuela sufrió una caída superior al 70 % de su PIB entre 2013 y 2021, derivando en hiperinflación, escasez de alimentos y medicamentos, y un empobrecimiento masivo de la población. Como consecuencia directa, más de 7.7 millones de venezolanos se han visto obligados a abandonar el país, conformando la mayor crisis migratoria del hemisferio occidental, mientras el régimen mantiene elecciones sin garantías, control absoluto de las instituciones e inhabilitación de líderes opositores, consolidando un sistema que reprime, expulsa y silencia a su propio pueblo.
Pero, no romanticemos la invasión de EU en Venezuela porque la hipocresía empieza cuando Washington decide quién merece soberanía y quién no.
Porque si la regla es derrocar dictaduras, el mundo estaría en guerra permanente.
Si la vara es la democracia, Estados Unidos tendría que explicar muchas de sus alianzas.
Y si el motor fuera la libertad, el petróleo no aparecería siempre en el centro del discurso.
Aceptar que una potencia pueda imponer un cambio de régimen por conveniencia estratégica es renunciar al derecho internacional y legitimar un mundo donde manda el más fuerte. Hoy es Venezuela. Mañana puede ser cualquier otro país incómodo, rico en recursos o mal alineado.
Además, derrocar a Maduro no mata al chavismo. No libera automáticamente presos. Ni reconstruye instituciones. Ni devuelve a los migrantes. La democracia no se instala con marines ni con fiscales extranjeros: se construye con política, con sociedad y con riesgo interno.
Resulta revelador que en los discursos más duros contra Maduro no aparezcan con claridad Edmundo González Urrutia ni María Corina Machado, pero sí el tema del crudo, de las sanciones flexibles y de lo que “fue robado” a intereses estadounidenses
Esto es geopolítica pura. Y lo verdaderamente peligroso no es Maduro, -ese daño ya lo conocemos-, sino que se normalice que la democracia se exporta a disparos. Porque cuando eso ocurre, nadie está a salvo.
Así que esto no es el final para la Venezuela de Maduro.
Es apenas el principio de una historia larga, incómoda y decisiva para Venezuela y el mundo. Y claro, que conviene mirarla sin ingenuidad.


