
Hablar para vivir
Por Yohali Reséndiz
Hablar cuando somos violentadas no es fácil. Ni natural. Ni inmediato. Hablar duele, expone, desgasta. Implica revivir el miedo, cargar con una vergüenza que nunca debería ser nuestra, enfrentar la incredulidad ajena y, muchas veces, chocar contra un sistema que duda más de la víctima que del agresor.
Por eso tantas mujeres callan y llegan tarde.
Por eso tantas no llegan.
Hace apenas un mes, Caterina Marino habló y alzó la voz después de haber sido brutalmente agredida el 17 de diciembre de 2025 por su entonces pareja, Gustavo “N”, dentro de su propio departamento en la Ciudad de México. Lo contó en un video. Mostró su cuerpo golpeado. Exhibió imágenes donde el daño aún era visible. Relató cómo fue inmovilizada, golpeada con el puño cerrado, cómo temió morir y cómo logró escapar corriendo —literalmente— por su vida.
Hablar, en su caso, no fue catarsis. Fue supervivencia.
Caterina vive hoy con miedo. Miedo real. Su agresor conoce su domicilio, su trabajo, sus rutinas. Aun así, habló. Informó que la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México le otorgó medidas de protección y mantiene abierta una investigación que ella considera por tentativa de feminicidio. Pero también pidió algo más profundo y urgente: que el caso avance, que la protección sea efectiva, que la respuesta no llegue cuando ya sea demasiado tarde.
“Hablar es también una forma de proteger a otras mujeres”, dijo. Y ahí está el corazón de todo.
Hablar salva y rompe el aislamiento. Hablar le pone nombre a la violencia que muchas veces se disfraza de amor, de celos, de la justificación del “así es”.
Hablar con las amigas —esas primeras redes que sostienen cuando el mundo se nos cae— puede marcar la diferencia entre seguir atrapada y encontrar la salida. Entre normalizar el golpe o reconocer el riesgo. Entre vivir o no hacerlo.
¿Por qué es tan difícil hablar? Porque a las mujeres se nos educa para aguantar. Para no exagerar, no incomodar, no “destruir” a la familia.
Por eso esta columna no es solo sobre un caso. Es sobre el silencio como territorio de peligro. Es sobre la urgencia de decirlo antes. De contarlo a una amiga, a una hermana, a una compañera, a quien sea que pueda escuchar sin juzgar. Es sobre entender que la violencia no empieza con el golpe final, sino mucho antes, y que hablar a tiempo puede cambiar el desenlace.
Hablar no es debilidad, sino resistencia.
No es traición, sino autoprotección.
No es exagerar. Es sobrevivir.
Que ninguna mujer tenga que esperar una tragedia para ser creída. Que hablar deje de ser un riesgo y se convierta, por fin, en un derecho que salve vidas.



